Otra vez las dos Honduras

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En el estadio nacional de Tiburcio Carías Andino, el presidente Juan Orlando Hernández, los militares en todas sus ramas, tomaron el control del 15 de septiembre de 2016.

La orden era llenar las graderías con gente amaestrada, para recibir los paracaidistas con vítores, escuchar un discurso con aplausos y mirar las palillonas con la líbido.

En ese lugar de desfiles oficiales hubo cuatro imágenes que ilustraron esta triste forma de celebrar lo que llaman fiestas patrias.

Imagen número uno. El señor Juan Orlando Hernández toma un trapeador para limpiar el piso ensuciado de la Patria por los narcos, policías corruptos, religiosos perversos y políticos de guayabera.

Y luego, Hernández pronuncia un discurso promoviendo la alianza para la prosperidad de Centroamérica.

El Presidente no dice, por supuesto, que esa alianza es un muro militar contra la emigración de personas hacia Estados Unidos.

No dice, tampoco, que ese plan de Baiden es una línea adelante del plan Frontera Sur, para violar el derecho a migrar que tiene la población ante el fracaso neoliberal.

Imagen número dos. Un paracaidista cae encima de una mujer sobre el césped del estadio y la magulla con sus botas al frente. Mal cálculo. Mala formación. Imprecisión. Son los militares hondureños participando del asalto al poder soberano, cómplices del continuismo del modelo de muerte que propone la elite local asociada con los criminales internacionales.

Imagen número tres. Un canal de televisión dialoga con las palillonas y hace apología a sus acrobacias. Y los periódicos hacen concurso de belleza bajo el sol. Los tambores no paran de sonar. Y ya, terminaron los desfiles militaristas. Y esa fue la gran recordación de los 195 años de independencia. De los próceres. De los símbolos.

En la otra Honduras, personas caminan por el boulevard Morazán llevando consignas hacia la Plaza Central. Llevan una agenda desnutrida de inspiración, porque no incluye. Domina una lista temática asaltada por un partido y una convocatoria que se queda corta. Fuera JOH. NO a la reelección. Sí a la segunda vuelta.

Hace 8 años la senda de Morazán representó para la resistencia nacional el reclamo de la refundación constitucional, no la demanda de una reforma electoral.

Hace 7 años la senda del boulevard Morazán era el arcoíris de la diversidad política y social, no el sectarismo de dos corrientes dominantes.

En el estadio del dictador Carías masacraban la memoria de Morazán poniéndole quepís de chafa en vez del pensamiento de Rosseau, y en su propia plaza Morazán también estaba solo. Sin espada. Guerreando contra nadie.

El libertador masacrado en Costa Rica al regresar de su encuentro con los libertadores del sur, no tuvo chance en 2016 de hundir su espada en los fundamentalismos religiosos coludidos con la mafia.

El líder de la forma republicana de gobierno no tuvo espacio en el discurso de este año para acometer a los neoliberales que unieron el poder judicial, el Congreso y el Ejecutivo con las mafias, para saquear a los indígenas dueños del país.

Sólo en La Esperanza Berta Cáceres recordó en una carroza que la asamblea nacional constituyente la propuso ella en 2003 cuando la elite cachureca y liberal firmaron un tratado comercial que entregó a Estados Unidos la soberanía jurídica, económica y política.

Y una pancarta recordó que la asamblea constituyente no es la bandera de libre ni el invento de un ex presidente, sino la reclamación de la gente que sufre el desbalance del poder.

Las calles quedaron vacías. El viento arrastraba los papeles de la fiesta 195. Ahora lo que queda es la emigración, otra vez los cadáveres por HCH, el desempleo de la juventud, la privatización de la salud, el olvido del padre Lupe, la precariedad laboral de las mujeres, la represión a los indígenas. Y pronto, las elecciones primarias para elegir testaferros hacia las elecciones generales.